La calabaza andante

Medianoche en el pueblo. Alberto, un niño de ocho años, no podía conciliar el sueño. Escuchó, procedente de la Iglesia, las doce campanadas y se sobresalto. La puerta de la habitación chirrió y se movió casi imperceptiblemente.

Aquella tarde había ido al cementerio con sus padres para visitar a los familiares difuntos. A la salida, varios chicos, con calabazas en las cabezas, rodearon a Alberto, riéndose y asustándole. Su padre le dijo: “Oye, Alberto, ¿Por qué no les dices que te dejen una calabaza?”. Pero el niño, lejos de tranquilizarse, salió corriendo hacia su casa. Era demasiado miedoso.

Esa noche de difuntos, Alberto estaba solo en casa. Bueno, en realidad, sus padres no se hallaban muy lejos. Estaban tomando el fresco con los vecinos pues, extrañamente para esas fechas, la noche era apacible y carente de frío.

La puerta siguió abriéndose hasta que Alberto pudo contemplar con nitidez la oscuridad del pasillo. Comenzó a temblar de forma compulsiva, como si estuviera sufriendo un ataque epiléptico. Se toco la frente con la mano. Un sudor frío se había apoderado de él, como si estuviera enfermo.

El chico, aterrorizado hasta la médula, se puso a gritar: “¡Mamá, papá! ¿Sois vosotros? ¿Hay alguien ahí?”. Pero nadie respondió. Alberto encendió la lámpara de la mesilla de noche, cogió un cortaúñas, se levanto y se puso las zapatillas de andar por casa, aventurándose por el pasillo.

De repente, casi le dio un vuelco al corazón. La puerta principal estaba abierta y alguien con una calabaza en la cabeza lo observo, sonrió y luego desapareció. En ese instante, decidió armarse de valor. Pensó que no era más que un chico que, con la connivencia de sus padres, estaba gastándole una broma. Se puso a correr persiguiendo al intruso, pero cuando salió al corral, no había ni rastro del bromista.

Una risotada surgió proveniente de la panera y Alberto reemprendió la caza de la calabaza. Sin embargo, cuando encendió la luz de aquella dependencia de la casa, un  silencio sepulcral se apoderó de la noche. Transcurrieron unos tensos instantes que se le hicieron eternos. Y, de nuevo, las risas rompieron la quietud nocturna. El intruso se había ocultado en el garaje. Alberto fue hasta allí y descubrió que su puerta también estaba abierta.

Alberto alzó la mirada hacia el horizonte, y gracias a la luz de la luna llena, vislumbro a la calabaza corriendo por el sendero que partía en dos la tierra anexa a la casa. Reanudada la persecución, llegó hasta el pozo que suministraba el riego a un huerto y avanzó hasta un nogal cercano. En ese momento, un coro de risas lo asustó.

Alberto sujetó con fuerza el cortaúñas y giró varias veces sobre sí mismo, pues se sentía rodeado por unas presencias amenazadoras. Y, cuando estaba más aturdido, varias calabazas surgieron de la oscuridad, abalanzándose sobre él y devorándole.

Sus gritos se convirtieron en susurros y su cuerpo, ensangrentado, quedo inerte sobre la tierra.

Por Alberto Bellido, socio.

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