El final, de Liliana.

Supongo que estos minutos de estupor y revoltura de estómago son las últimas sensaciones que tumbado-suelotendré de mi vida. Estoy tumbado en el suelo, está frío, pero esta perspectiva me permite observar la hermosura de las vigas de acero y forja que adornan mi habitación de estilo colonial, en mi costado mi último libro. Max (mi editor) comprenderá el gran impacto de su contenido, creo que le alegraré el día. Injerir un frasco de fenobarbital (es curioso este procedimiento) con un vaso de bourbon demasiado lleno no ha sido en ningún caso una decisión precipitada, todo los contrario, lo he meditado durante muchos años, día tras día.

Estoy cansado de vivir, no tengo ningún aliciente ni esperanza todo lo que me queda es este don que un Dios aturdido ha puesto en mis manos con un fin como el teatro impredecible.

Tengo 72 años, aunque a los 23 ya era demasiado viejo, fue un envejecimiento brutal sin ninguna transición, simplemente un día me miré al espejo y observé como los días convertidos en años habían tenido en mí, consecuencias devastadoras.

A los 18 era un joven recién llegado a Harvard desde Kennebunkport, Nueva Inglaterra, para estudiar derecho. Era un estudiante brillante y entusiasta, aunque mi verdadera pasión era escribir obras de teatro. Admiraba a escritores como Iván Bloch, Teller, Fred Ulhman. No tarde en adentrarme en el mundo de la escritura, a pesar de que mi padre decía que “perdía el tiempoharvard observando mariposas”. Al llegar a la universidad me uní a un grupo de trabajo que conformaban un club de lectura direccionados por el profesor Stern, era judío como yo y como casi todo el grupo. Dado nuestro punto común, comenzamos ahondar temas referentes al expolio nazi, obras inéditas perseguidas por la barbarie y el fanatismo. En todos los años de mi carreta acudí puntualmente a las reuniones de profesor Stern: una tarde, le confesé que había escrito una obra para el teatro me invitó a compartir las galeradas con el grupo, a perder el miedo a los juicios. Fue una experiencia muy gratificante la dispersión de mis ideas, sobre todo después de la congratulación de Stern, que me propuso  poner en conocimiento mi obra a un productor de Nueva York.

Fueron muchas horas de insomnio hasta que recibí la llamada de la secretaria del Señor Newman productor de importantes y conocidas obras de teatro de gran renombre, emplazándome a una reunión. De inmediato viajé a Nueva York. El señor Newman me recibió con una cordialidad inesperada, le gustó mi obra, expuso que mis personajes tenían mucha fuerza, que reivindicaban espiritualidad, que el espectáculo invitaba a reflexión. Le gustaba ayudar a los jóvenes talentos, él era judío como yo, y afirmó que la gran familia que conformaba el teatro y sus adyacentes se mantenían bajo en una armonía perfecta similar por ejemplo, a las notas musicales de una melodía. Me preguntó si había leído y lo que es más significativo, si había comprendido  el libro de los jueces, guardianes de la justicia y guerreros de la impiedad. Luchar contra la impiedad, era el sacrificio a Dios de sus seres más queridos. Aún existían hombres malvados dispersados por Europa y América, impunes de la barbarie, nazis estigmatizados con el mal, que debían espiar sus culpas a Dios. Tendría una excelente producción de mi obra de teatro si me comprometía en su causa y sacrificaba el hijo de uno de ellos, el primogénito. Debo confesar que no me negué ni tan solo dudé un momento, me sorprendió mi frialdad y mi decisión. Permanecí en Nueva York con desasosiego la espera de instrucciones. El objetivo vivía en Brasil, en Sao Joao, conocía su nombre, su edad (que casualmente coincidía con la mía), su ocupación de ingeniero en una explotación petrolífera, nada más. Seguí las directrices siempre por teléfono, alquilé un coche a mi llegada al hotel a las afueras de la ciudad, en la habitación había  un traje en el armario y una pistola semiautomática del calibre 45 asesinato-cochecon silenciador. Tardé unos días en dar con el sujeto, ya que el acceso en su rutina diaria estaba acotado en zonas muy exclusivas. No le veía como una persona sino como el objetivo de mi parte oscura. Una tardé le seguí, me adelante a su coche por una pequeña carretera paralela, luego paré el coche. La zona no era muy recomendable, pero al parecer colaboraba con una iglesia algunos días a la semana. Fingí que mi coche sufría una avería, cuando observó que necesitaba ayuda y que mi aspecto era americano de buen porte, se bajó del coche para ofrecerme su ayuda; le expliqué la falsa contingencia, entonces me dio la espalda para buscar unas herramientas a su coche, en ese momento apunté con mi pistola a la parte posterior de su cabeza y disparé sin vacilaciones. Solo recuerdo como su cuerpo se desvanecía con una increíble lentitud, con suavidad. Ya no quise mirar más, caminé hacia el coche sumido en un frenesí inusitado. Jamás mi mente por muy difícil que parezca ha vuelto a esa escena hasta que la describí en el libro. El motivo del asesinato seguirá siendo un misterio aún no he llegado a una conclusión, y creo que no lo haré nunca, que argumentara el dilema sobre la dicotomía del bien y del mal  fuera de toda creencia e ideología permanecerá en mi desconocimiento, ha sido mi elección. He escrito “Devolvednos las bicicletas” para dar a conocer la maldad que ocultan los pactos con deidades fundamentalistas, pactos que destrozan vidas, las destruyen y las diluyen hasta formar parte de la nada, por ese bálsamo engañoso llamado venganza. He de decir que en ningún caso es cuestión de purgación de conciencia, ésta ha muerto, en una calle húmeda impregnada en un ligero olor a ipê, en Brasil.

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