La espera

¿Qué más podía hacer? Mi marido y yo ya habíamos ido a la cafetería, pedido un descafeinado con tal de matar el tiempo. Intenté continuar leyendo el libro que cargué debajo del brazo desde que salimos de casa, pero no logré pasar de la misma página, una y otra vez volvía al segundo párrafo porque no lo comprendía. Las palabras rebotaban en mi cabeza, sin sentido. Volvimos a la sala de espera. Miré el reloj y tan sólo había pasado media hora de las dos que nos habían informado que duraba la intervención. ¿Qué puede hacer una madre cuando lo único que desea es volver a verle? Mi parte lógica me decía: tranquila, los riesgos son pocos… Mientras que otra voz brotaba sin control: ¿Y si…? Saqué el móvil e intenté jugar un sudoku, uno, dos, tres, cuatro, falta el cinco, seis, también el siete, ocho, nue… ¿cuál era el otro que faltaba? Volví a empezar y al cuarto intento desistí.

Observé a mi alrededor: Algunos cabizbajos mirando la nada, otros apoyando la cabeza sobre la pared, aguardando. Una mujer, con los ojos cerrados, desgranaba un rosario. No había con quien hablar, no, pero… ¿de verdad quería yo hablar con alguien? ¡No! El ansia me cortaba cualquier intento de comunicación. Salí al pasillo, caminé veinte pasos hacia la derecha, ¡juro de que los conté! y regresé frente a la puerta de la sala, seguí caminando otros veinte y volví. Mi marido me acompañó en el cuarto vaivén. Me dijo: ¿Qué fue? Ya la doctora nos dijo que era una operación habitual. No te preocupes. Bajé la cabeza y comencé a llorar. Sentía mis brazos vacíos, inútiles. Deseé arropar a mi hijo al imaginarlo inmerso en ese frío del quirófano, sin mi… ¿Qué hacer cuando lo que quieres es acariciar su cabecita y susurrarle: mamá está aquí.

Hospital

La espera fue más larga de lo previsto. Poco a poco la sala de espera fue  vaciándose con las llamadas por el altavoz. Mi parte lógica me decía que él estaba donde tenía que estar, rodeado con los equipos humanos y tecnológicos de avanzada, pero… ¡Cómo convencer a una madre cuando piensa con el corazón! Yo ya no era yo, si alguien me hubiera preguntado cuál era mi nombre sin duda habría dado el de mi hijo. Y recordé sus primeros pasos, su sonrisa cuando lo recogía en el colegio, su manito sujeta de la mía al cruzar una calle… Miré a mi marido, su mandíbula lo delataba. Yo no tenía palabras para tranquilizarlo, él tampoco.

Al rato el nombre de nuestro hijo llenó el ambiente. No recuerdo cómo era el despacho pero sí la cara de la doctora. Sonreía.La operación ha sido un éxito, ya está despierto y en la sala de recuperación. ¡Tenéis un hijo muy valiente, más que muchos adultos!  Sí, es cierto, más que su madre, pensé.

Ángela Sánchez (Propuesta del mes de marzo)

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