MENSAJE EN LA BOTELLA DE CRISTAL

Cuando Elpidio despertó se encontró en una isla desierta. Se dio una vuelta por los alrededores. Vio que había palmeras, árboles frutales a su alrededor. Comprobó que el único  habitante de aquel  lugar. Tenía hambre y no recordaba cuando había sido la última vez que había comido. En el suelo había unos diez  plátanos que acababan de caer. Peló uno y se lo comió. No le sabía a plátano. Un poco más alejado había un naranjal. Se acercó y se comió una naranja. Tampoco le sabía a naranja.

Había estado saliendo con la hija de una bruja, aunque no  sabía entonces la actividad de la madre. A ella no le hacía ninguna gracia que Elpidio saliera con ella. Enrabietada le conjuró una maldición: “En lo sucesivo no distinguiría los sabores y lo desterraría a una isla alejada de todo lugar habitado. Lo despojaré de sus pinceles y de sus lienzos”.

Recordó que era un pintor muy famoso. Sus cuadros se vendían en las mejores galerías de arte de todo el mundo. Su último cuadro, que todavía no había terminado, era sobre su amada (la hija de la bruja). Rememoraba su linda cara de ojos azules, pequeños y vivarachos. Aquel cuerpo delgado. Sus manos finas de dedos alargados que se movían con gran agilidad.

Una lágrima recorrió su cara. Un gesto de rabia se apoderó de él. El retrato incompleto de Olvido se le apareció de repente. Se imaginaba el cuadro terminado. Su dulce sonrisa lo tenía obnubilado. Acto seguido se le apareció la figura de la madre invocando su maldición. Elpidio no entendía nada. No se merecía estar en aquel sitio tan solitario sin nadie con quien poder hablar. Sin un lienzo en el que plasmar el paisaje tan maravilloso que estaban contemplando sus ojos y sin que él pudiera hacer nada por evitarlo.

Estaba mirando al mar cuando los rayos solares incidieron sobre algo que le deslumbró por completo. Durante varios minutos se había quedado sin poder ver absolutamente nada. El objeto se fue acercando hasta que las olas lo impulsaron hasta la playa donde estaba Elpidio.

Era una botella de color verde con un papel en blanco y un bolígrafo azul. Durante varios días estuvo pensando el uso que le daría a aquello que, Dios sabe de dónde vendría, y quién lo mandaría.

Finalmente se decidió a mandar un mensaje.

“Para quien pueda leer este mensaje. Estoy en un lugar en medio del mar, aunque no sé exactamente donde. No sé cómo he llegado hasta aquí, ni como podré salir. He sido víctima de un conjuro y desearía que la persona que lo recibiese fuera capaz de deshacerlo para que pueda volver a mi vida anterior. Gracias anticipadas. Elpidio Romero Rodríguez. Pintor.”

Introdujo el mensaje en el interior de la botella. Durante un año esperó inútilmente respuesta a su petición pero ésta no llegaba.

Cuando habían pasado trece meses, de repente, se vio de nuevo en su estudio. Allí estaba su último cuadro inconcluso de la hija de la bruja, esperando a ser terminado.

Estaba paseando un aspirante a aprendiz de bruja por una playa. Solamente estaba ella cuando vio una botella en la arena. Se acercó y leyó el mensaje. Amalia tenía la oportunidad que siempre había estado buscando, la de poder experimentar en asuntos de brujería.

Como no sabía cómo empezar le llevó el mensaje a su maestra, la gran bruja Melva. En su comienzo había tenido grandes conflictos con la hechicera que le había echado el embrujo a Elpidio. Al ver la nota y el tipo de conjuro que había en ella decidió echarle una mano.

Durante varios días Melva estuvo tratando de echar el hechizo abajo sin conseguirlo.

Mientras tanto,  Elpidio tenía la mirada fija en el sombrío horizonte lejano. A pesar de que era un claro día de un azul templado. Aunque el aire era alegre y feliz, él  lo veía  como una quimera imposible y aunque sus dedos trataban de acariciar ese cielo protector que envolvía el lugar en que se encontraba; no podía por menos que una lágrima recorriera su mejilla en señal de rabia. Suplicaba a los dioses que pronto pudiera salir de allí.

Finalmente, Melva dio con la  estrategia exacta para liberar a Elpidio de su cautiverio. Inmediatamente dijo su conjuro y Elpidio apareció ante ella.

Cuando la gran bruja se enteró estalló en cólera y dijo que se vengaría de Melva. Elpidio tomó un pastel de manzana, terminó su cuadro y se fue a vivir con Olvido sin que su madre pudiera hacer nada para impedirlo.

Relato escrito por Gregorio.

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