Vida de un marinero

Era finales de Febrero.

Había amanecido con el cielo cubierto de nubes salpicadas de plomo, que presagiaban una inminente tormenta. Sin duda alguna debía de haber sido una noche complicada en la mar, y por ello la flota pesquera había decido pasarla al abrigo del inexpugnable puerto, lejos del azote de un piélago embravecido y sus devoradoras olas.

Entre los marineros, gente de oficio, curtida en infinidad de batallas, empezaba a gestarse un ambiente de ingrato malestar y creciente impaciencia. Habían pasado todos ellos – debido al maldito temporal que no parecía terminar nunca, al menos así lo anunciaban las gaviotas quienes impasibles permanecían en tierra – demasiados días en casa, cada uno encerrado en su jaula de paredes de cemento y ladrillo, sin absolutamente nada que hacer, como decían ellos: “barco a la capa, marinero a la hamaca”. Para alguien que está acostumbrado a dormir al resguardo de las estrellas, hacerlo bajo un techo significa por encima de todo dejar de ser quien se es.

Ramón era uno de ellos. Siendo un adolescente se había sentido rendido incondicionalmente a los encantos y colores del mar, entregándose a los sueños que se crearon en su mente tras leer “El viejo y el mar”. Cuando se hizo adulto lo fue a los largos viajes, al trabajo manual duro, a convivir con otros como él, a vivir al filo de la muerte, tenerla frente a él, desafiarla, plantarle cara sintiendo como su cuerpo se estremecía por un instante eterno. Lo había sacrificado todo, y ni siquiera en los momentos de mayor tristeza o peligro se arrepentía de la vida que libremente había elegido vivir dentro de las entrañas de un barco. Quería poner la música de los sonidos del mar a las imágenes que de todo ello había creado en su mente.

KONICA MINOLTA DIGITAL CAMERARecordaba vivamente la primera vez que partió en un barco. Anhelaba llenar su vida del olor y el sabor de lo desconocido, vivir aventuras como cualquier otro muchacho. Un deseo impetuoso crecía en su interior y no conseguía, a pesar de los esfuerzos que realizaba, dominar las riendas de esta pasión por lo que una mañana, contando con la complicidad de su madre y un plan trazado frágilmente, se metió a escondidas en las tripas de un buque llevando como equipaje menos de lo necesario, y partió en silencio en busca de los siete mares. A esa primera vez la siguieron muchas más, ocultas hoy todas ellas en los huecos perdidos de su memoria.

Desde ese primer momento hasta el presente sucedió casi toda una vida, o quizás fueran cientos de ellas. Cada nuevo viaje una persona distinta, cada embarque otra identidad, otra aventura, un horizonte inalcanzable de experiencias desconocidas. Ahora, mirando al pasado desde la seguridad de la distancia y en tierra firme, y no en la proa de un barco como en ocasiones le tocaba trabajar, débilmente amarrado a ella mientras batallaba contra la tempestad, se convence de que echa todo eso tanto de menos que si la parca llegara inesperadamente a visitarle, sería él con seguridad quien le ganase en la carrera hacia el infierno.

 Estando lejos fue cuando la perdió a ella, a Rosa, y no pudo hacer nada salvo llorar y reprocharse, durante los largos días de vuelta a casa mientras la quilla del barco rompía el mar y lo partía en dos tal y como sucedía con su alma, no haber estado a su lado, tan cerca que ella hubiera podido sentir como él le susurraba a su oído palabras de amor condescendiente. Imaginaba, aunque se trataba ya de una oportunidad perdida, su mano aferrada a la de ella, entrelazados sus dedos, escuchándola, entendiendo los motivos por los cuales había decido abandonar su vida tan temprano. ¿Qué había en su mujer que la hacía sentir tan triste?. Quizás, y ahora firmemente lo duda, nunca estuvo cerca de Rosa.

Lo que juntos habían vivido no fue una historia de amor, no había empezado con un flechazo que termina en una ostentosa boda y un matrimonio abocado a la inercia y cotidianidad. Al contrario, todo había venido impuesto por la fuerza de la costumbre, por verse en todas partes, con los mismos amigos, en el mismo colegio, en las mismas fiestas y bailes. No habían tenido elección. Pero a pesar de ello habían sido felices, habían compartido una vida juntos. De la mano transitaron por caminos espinosos, luchando por una vida más completa y recta aunque en la mayoría de las ocasiones el trayecto lo recorrieran por sendas paralelas. Al menos él sentía que así había sido.

Ramón pasaba largas temporadas vagabundeando por el mar, en lugares que ella, al servicio de la higiene y cuidados de la casa y velando por la educación de los niños, no podía siquiera imaginar. Él por el contrario aprovechaba los días de ocio obligado en tierra para poner determinadas cosas en orden, recuperar su olvidada vida doméstica, restablecer vínculos rotos con parientes y amigos, recomponer los trozos desperdigados de su existencia a la cual se veía obligado a renunciar constantemente. Sin embargo en su ser surgían remordimientos por actuar de esta manera, que se comportaban como un carcelero implacable que le arrastraba, día tras día, fuera de sus sueños, devolviéndole con violentos empujones a la realidad.

La cruel realidad habitaba en el presente.

pies

Esa mañana se había levantado temprano, la inactividad le producía un insomnio que le era imposible derrotar. Como hacía siempre – la vida en un barco, a la que estaba tan acostumbrado, le convirtió en una persona de rutinas, quizás la manera más sencilla de escapar de la locura de estar encerrado en un barco en mitad de la nada -, se vistió después de desayunar frugalmente y salió a la calle dispuesto a acometer aquel día con vehemencia. Quería dar un corto paseo hasta la playa, ya que desde hacía días sentía mucho dolor en las extremidades inferiores de su cuerpo. Una vida en el mar había conseguido acelerar la artrosis de sus huesos. Sospechaba, con cierto miedo, que su recorrido en esta vida cada vez era más corto, el dolor que infatigablemente golpeaba su cuerpo presagiaba un fatal desenlace… por primera vez estaba atemorizado y evocar este sentimiento en su mente le sobrecogía.

Después de tantos años navegando, su hirsuto rostro se había agrietado profundamente golpeado por la intemperie. Había envejecido de manera prematura. Sus ojos eran pequeños y poblados por unas espesas cejas. Su mirada mantenía el brillo de todo lo vivido, los mundos a los que había tenido acceso. El rastro de las huellas de los años embarcado podía seguirse a lo largo de su piel, marcas de anzuelos y garfios que habían perforado sus dedos, manos abrasadas por las despiadadas sogas con las que amarraban el barco al llegar a puerto, cicatrices en sus piernas consecuencia de los cortes que había sufrido en el arrastre de la red cargada con el peso de las capturas de esa jornada. Días y días de pelea, de fatigas, de luchas extenuantes, sus fuerzas llevadas hasta el extremo de su capacidad física, su ánimo y moral mezclados con los frutos del mar que desparramados sobre la cubierta de madera boqueaban en busca de oxígeno.

Ahora caminaba encorvado sobre la ruta peatonal, un reciente regalo para todos los vecinos en cumplimiento de una promesa electoral, paralela a la desembocadura de la ría. Lo hacía con calma, observando todo lo que sucedía a su alrededor – consideraba que era una de las ventajas de no tener prisa por llegar, se podía así disfrutar del paseo -, dibujando mentalmente para el recuerdo todas las imágenes que frente a él se presentaban.

La vía estaba recorrida por arboledas de pinos y eucaliptos, que acompasadamente se movían mecidos por el viento con tal coordinación que podían pasar por un grupo de elegantes bailarines de ballet. El sonido de esa suave brisa a través de los hojas, formaba en sus oídos una composición melódica que calmaba su espíritu hasta casi adormecerlo, como un niño pequeño que escucha la dulce voz de consuelo de su madre y cesa inmediatamente  su lastimoso llanto.

El suelo sobre el que su frágil caminar transcurría lo conformaban piezas heterogéneas de roca de pizarra arrancadas de las montañas, que tan habitualmente formaban parte del paisaje de su tierra. Sobre la playa, situada en una ensenada en forma de concha, se levantaba el monumento al emigrante erigido muchos años antes y que hoy tristemente era objeto de múltiples actos de vandalismo por parte de una juventud ociosa que no encontraba mayor diversión que la devastación desmedida. Al observarlo de nuevo, como cada mañana, recordaba inmediatamente las veces que se había despedido de él alzando la mano mientras el barco abandonaba la desembocadura de la ría y ponía cada vez más distancia con su ser. Desde la cubierta le decía adiós mientras el hierático monolito parecía alcanzar con su punta el insondable cielo. Siempre pensaba si sería la última vez que lo vería, si su cuerpo terminaría descansando en paz en el fondo del mar, al abrigo de sus habitantes. Ahora, sinceramente, no sabía si dar las gracias porque aquello no hubiera sucedido o lamentar profundamente su mala suerte.

DSCN1413Finalmente para alcanzar el mar había que sortear una serie de caprichosas dunas. En el margen oeste de la playa asomaba sobre al acantilado el faro de San Agustín, siempre vigilante y atento a cualquier movimiento que se produjera en lontananza, como el maestro que vela por sus alumnos y les lleva por el camino recto. El marinero miró al grupo de islotes desperdigados enfrente de él. Los llamaban los imanes puesto que existía la atávica creencia que durante las tormentas atraían los rayos, poniendo a salvo a todos los habitantes de la villa. Desde la orilla, ahora que se encontraba más próximo al final de su paseo, le eran visibles los restos de un viejo embarcadero de hierro y diversos norayes en las rocas prestos para el amarre de los barcos. Ahora el sol, que silencioso había aparecido entre las nubes, calentaba suavemente su cuerpo, pero casi de manera inmediata volvía de la misma forma a ocultarse mientras una fina lluvia empapaba la arena a través de la cual ahora su agotado caminar discurría.

Se descalzó con pausa. Le reconfortaba sentir la arena bajo sus desnudos pies, como el agua los mojaba en lo que parecía un baño purificar. Miró hacia atrás, y siguió el rastro de sus pisadas hasta perderlas entre las dunas que acababa de dejar más allá. Sonrió al pensar que su vida había sido eso, huellas sobre la arena de su existencia, un rastro que se perdía en su memoria por el paso de los años, borradas por el viento constante del olvido que cada vez soplaba con más fuerza.

A su derecha una bandada de gaviotas grises alzaba el vuelo en dirección a las rocas, para volver a formar un grupo feroz sobre un pez muerto al que descuartizaban con sus picos robustos antes de comérselo. Continuó su paseo, y un instante después una ola vomitó a sus pies lo que en un principio parecía una botella de cristal, lanzada seguramente al mar por algún desalmado. Le llamó inmediatamente la atención la forma de la misma, creía ver algo familiar en ella. La recogió y la limpió con mimo de la arena que la envolvía, descubriendo inmediatamente que en su interior había lo que parecía un añejo papel. Su impulsiva risotada hizo resonar todo su cuerpo, y tuvo que contener ese alborozo para evitar que terminara en un acceso de tos incontrolable. No podía creer que el mar, como si se tratara de una broma pesada, le entregara un mensaje escrito por otra persona, él que tenía tanto que decirle y maldecirle.

???????????????????????????????Con cautelosa curiosidad extrajo el tapón de la boca de la botella, y no le costó ningún esfuerzo hacerse con el papel. Casi inmediatamente después de empezar a leer lo allí escrito las lágrimas como en torrente brotaron de sus ojos, por su rostro agrietado fluyeron caprichosas hasta caer sobre la arena y pasar a formar parte de ese mar que le había dado todo, que le había quitado todo… y que ahora, próximo a su muerte le enseñaba cual era su verdadero destino.

Su mirada se perdió en el horizonte. Lentamente inició con un paso entregado un viaje del que sabía con seguridad que no regresaría. Ese momento con el que tanto había soñado estaba esperándole, al fin se reconciliaría con su pasado y su alma descansaría en paz.

–          Rosa, voy a encontrarme contigo. El tiempo no permanece para siempre, y el mío ha llegado.

Sus palabras sonaron firmes, decididas. Poco a poco la anónima figura fue desapareciendo engullida por el mar hambriento, y el sol mientras tanto volvía a ocultarse tiñendo el día de oscuridad y sombra. Ya no luchaba, vencido se abandonaba a unas profundidades que le recibían con lo brazos abiertos, el hijo pródigo volvía a casa.

A la mañana siguiente, sobre la arena, una persona sin nombre encontrará un texto escrito sobre un envejecido papel:

“Amor mío, te extraño tanto. No hay esperanza en mi ser y engaño a mi alma. Un dolor profundo se sienta a las puertas de mi corazón a esperarte, mientras mis emociones y sentimientos son trozos abstrusos de mi existencia. Ya nunca vienes, y si lo haces estás aún más lejos que cuando eres ausencia. Tengo tanto miedo de mi misma al sentirme tan sola que temo poder hacerme daño. Te perdono. Te quiere, Rosa”.

Relato escrito por GUSTAVO CARLOS FLORENCIANO FERNANDEZ

Anuncios

Un pensamiento en “Vida de un marinero

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s