El carrusel

DSCN0309Aún retumba en mis oídos la repetida y melancólica melodía de aquel inmenso y viejo carrusel. Todavía hoy, treinta y cinco años después, cierro los ojos y siento la brisa en mi rostro al paso de cada una de sus vueltas.

Jamás olvidaré su rostro. Nunca se marchará de mí el recuerdo triste y apesadumbrado de aquellos ojos oscuros y vacíos.

Me llamo Santiago Hernanz. Natural de Valencia. Actualmente cuento con cuarenta y dos años. Mi vida; de los más corriente. Soy propietario de una modesta  empresa dedicada a la publicación y edición de jóvenes promesas. Mujer, dos hijos y, una pequeña en camino. Como ven, un hombre de lo más normal. Alguien en quien confiar. “En quien confiar”. Si la cordura lo permite.

Voy a contarles mi historia, lo que sucedió realmente. Necesito desnudar el alma y revelar mi verdad. Pero la vida es tan monótona, tan insípida que, dudo de que a alguien le importe.

Al que quiera saber; un pedazo de vida. Un resquicio de ser.

Primavera, 1971. En lo más profundo del hermoso paraje y recóndito lugar conocido como El Saler. Pinadas rodeadas de cálida arena fina y repletas de piedras y conchas traídas por, a saber qué marea y cuándo.

KONICA MINOLTA DIGITAL CAMERACriaturas corriendo de un lugar a otro. Perdiendo el tiempo con los más antiguos y económicos juegos como; al pillo-pillo, la gallinita ciega, un viejo tablero hecho de cartón simulando el tres en raya. Padres sentados a la sombra de los más veteranos y cansados árboles que, con sus gruesas ramas dan cobijo a quien osa usurpar su acostumbrada tranquilidad.

Cinco curiosos y osados niños que creían poder con el mundo que, entre otras cosas, pensaban que los problemas no iban con ellos porque los padres podían con todo. Curiosos. Niños, al fin y al cabo.

Martha la guapa; de la que todos estábamos enamorados, Joel, Paco el cojo; apodado así por tener una pierna un poco más corta que la otra,  Andrés y yo. Mi pequeño grupo. Mis grandes y mejores amigos. Inseparables desde el jardín de infancia. ¿Bonito verdad?

Domingo, primavera de 1971. La más antigua y elegante melodía jamás escuchada por cinco intrépidos y osados niños. El cambio.

—Santiago, Joel, Paco no os alejéis demasiado. Pronto vamos a comer.

—Sí mamá —acostumbraba a repetir una y otra vez.

Es curioso, en estos momentos, la voz de mi madre me viene tan joven a la memoria.

—¿A dónde vamos Santi?  —Me preguntaban todos riendo y siguiendo mis pasos.

¿Qué contestar a aquella pregunta? Ni siquiera yo sabía a dónde me dirigía. Simplemente me guiaba la extraña música que oía en la lejanía.

Joel llegó primero a la gran llanura deteniendo sus pasos. Paco tropezó con él y cayó riendo al arenoso suelo. Le siguió Martha, Andrés y por último, el que creía correr más que nadie, yo mismo.

??????????

A todos nos sorprendió ver a Joel de pie, estático, intentando controlar la respiración y tragando saliva para humedecer las vías respiratorias. Sus ojos permanecían clavados en aquel lugar. El carrusel más hermoso y, a juzgar por sus figuras y decoración, el más antiguo que jamás habíamos visto.

Nuestras miradas fueron encontrándose con la misma expresión de confusión y curiosidad. Lentamente se acercaron hasta aquel enigmático tiovivo. Sus caballos pintados con elegantes colores dorados y purpuras no paraban de dar vueltas. Subían y bajaban al compás de aquella sublime melodía. Alguien dijo; vamos. Corrimos hasta el lugar sin observar nada más a nuestro alrededor. Sin percibir ningún peligro. Con la sobrada inocencia de un niño.

El tiovivo fue ralentizando su velocidad. Mis grandes amigos gritaban y reían de emoción. Una extraña sensación me mantenía con la distancia prudente, alejado de aquella aparición. Les observaba subir al mecanismo con gran alborozo. Yo permanecí inmóvil como si mis piernas no quisieran seguir los mismos pasos.

El carrusel volvió a emprender pausadamente la marcha. Aún recuerdo el sonido de sus risas y sus manos jaleándome para subir. Pero yo, seguía inmóvil. De pronto, se acercó hasta mí. Atravesó cada uno de aquellos peculiares animales de madera. Una sombra alargada y de mediana estatura. En esos momentos el corazón parecía salírseme del pecho. Mi respiración se aceleró y mis sentidos se agudizaron. Le tenía delante. Un niño. Su piel pálida, grisácea como mármol. Desprendía un frío helado que podía sentir a pesar de estar a medio metro. Sus ojos oscuros parecían vacíos. Sin vida. No dejaba de escuchar las risas que producían mis incautos amigos mientras yo, intentaba sin éxito articular algún sonido.

KONICA MINOLTA DIGITAL CAMERAA través de su cuerpo etéreo podía ver el subir y bajar de las exquisitas carrozas. Ellos parecían no ver lo que yo estaba viendo. De pronto, la mano de aquel extraño joven comenzó a señalar con su huesudo dedo. Mis ojos no dejaron de observar la dirección indicada. Sin saber de dónde unas extrañas y ajadas caravanas fueron apareciendo rodeando aquel enigmático sitio. Sombras no menos tenebrosas que aquel muchacho comenzaron a subirse. Recuerdo claro el horror en sus ojos. Aún desde lejos podía sentir el pánico a través de sus expresiones. El carrusel detuvo sus movimientos mientras cada uno de ellos agonizaba de dolor al contacto con alguna de aquellas sombras. Sin saber cómo y sin poder mover ni un musculo, desaparecieron lentamente delante de mis ojos como espesa niebla.

Lo siguiente que recuerdo es el largo y persistente silencio. ¿Cómo llegué hasta la zona de comida? Aún no lo sé. Mis rodillas flaquearon ante mi madre que, con lágrimas en los ojos intentaba encontrar una respuesta a las quince horas que llevábamos desaparecidos. Les llevé hasta el lugar intentando encontrar las respuestas pero, allí ya no había nadie. Ni amigos, ni sombras ni, por supuesto, caravanas ajadas. Lo único que encajaba en mi historia era, aquel viejo y olvidado tiovivo que había perdido todo su esplendor y elegancia. Persistía imponiendo su soberbia. Como si quisiera demostrar  que, aunque vieran la evidencia, nadie me creería.

Pude ver el miedo en los ojos de la gente. La desconfianza. Su incredulidad. Los inquietos niños que aún quedaban en el grupo observaban con temor y distancia aquel diabólico artefacto. Desaparecidos. Dio por zanjado la policía.

 Después de aquello, ningún niño quiso montar en aquel tiovivo.

Relato escrito por Lidia Ribera Muñoz.

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