RECUERDO DEL TIOVIVO

Hoy, el presente.

Un pueblo pequeño, vestido con ropas de anonimato en los mapas. Nada en KONICA MINOLTA DIGITAL CAMERAél ha cambiado en los últimos cincuenta años. Anclado entre agrestes caminos. Sembrado de casas bajas pintadas de un blanco refulgente. Todas distantes e indiferentes. Sobre ellas se encastran puertas de madera bruñida, desvencijadas y descolgadas en su mayoría de los goznes que al abrirse interpretan una canción de notas melancólicas. Siempre entreabiertas como en un gesto de aplauso, satisfaciendo la curiosidad de sus moradores, que se convierten en sombras anónimas que avizoran como rapaces el exterior. Las viviendas se orientan a lo largo de la meseta, junto al río que desde las montañas serpentea en busca de una escapatoria. Vigilante la torre de la iglesia mudéjar se alza sobre una tierra de barro, rojiza y fértil. Las campanas con su tañir han alertado durante siglos de las hordas de conquistadores que sedientos de victoria pretendían tomar sus dominios acompañados de los cuatro jinetes. Ahora, mientras el sol como un funambulista se desliza en equilibrio sobre el horizonte frente a un público desconocido, confunde los olivares que la circundaban con soldados armados, listos y dispuestos para la guerra. Desde las montañas el viento le trae el odio de todos ellos y sus gritos de cólera, y ella en sus cimientos tiembla asustada, se siente ya vieja, inútil. Quizás su locura es debida a la añoranza, como el niño que ha perdido su pelota, de otro tiempo en el que fue vital y poderosa.

El dolor le duele aún al pueblo.

A principios de Agosto de 1936.

El mes estaba siendo cruelmente cálido, lo que complicaba las labores de siega y recolección, tan retrasada ese año. Las cuadrillas de cortadores descansaban de tan agotador trabajo a la sombra de la entrada de sus viviendas, donde un viento solano aceleraba sus nervios. Las mujeres se dedicaban a las tareas domésticas y a la atención de los niños, quienes aprovechando el parón en las clases se aplicaban en perseguir a pedradas a cualquier animal provocando tanto la ira como la indiferencia de los dueños. Existía un único bar donde los hombres solían juntarse, se encontraba al final de la calle principal muy próximo a la plaza KONICA MINOLTA DIGITAL CAMERAdel pueblo, desde donde partían los caminos hacia el campo. Formando un grupo heterogéneo discutían acaloradamente sobre la situación política y los últimos acontecimientos que se estaban produciendo en España.  A estas tertulias, teñidas de humo y regadas de vino, se unían asiduamente algunas personas de cierta relevancia en el pueblo. No solía faltar Andrés, el alcalde, enjuto pero firme como vara de avellano en cuanto a sus convicciones, quien era muy apreciado por los vecinos. O Don Claudio, el orondo cura del pueblo que presumía con cierta vanidad de haber bautizado a Ramón, el media Fanega, ateo recalcitrante y que conseguía quebrar y volver del revés con sus opiniones la mentalidad de ambos.

–          He leído en El Sol que los militares se han levantado, han tomado las armas y se prevé fregado. –comentó uno de los contertulios-

–          En ese caso será un guerra que ganen las mujeres, ya se sabe que ellas, en las tareas domésticas tienen siempre las de ganar.

–          Calle don Claudio, no me diga usted que no sólo conoce de salvar almas y profetizar sino que entiende igualmente de cosas mundanas- le respondió Ramón-. Además con esos comentarios nos busca la ruina con nuestras mujeres.

–          Alguien como yo debe de tener opinión, voz y voto, no se puede menospreciar la palabra del hombre si ésta viene de Dios. Esto quedará en agua de borrajas, lo que está sucediendo es en África. Ya os digo una pelea entre salvajes. En todo caso, este pueblo es un ejemplo de convivencia, aquí todos nos llevamos bien, y estamos bendecidos por el santísimo. En cuanto a vuestras esposas, ya sabéis, el hombre ha de demostrar quién lleva los pantalones en casa…

Reían, se divertían, ajenos todos ellos a una realidad que les golpearía de manera seca, como la cuchilla de una guillotina, que desde lo más alto cae impunemente sobre un desnudo cuello mientras los vítores de una sociedad encolerizada se escuchan por encima de los gritos de terror del condenado.

Ramón, el media fanega. Orador infatigable, discurría su tiempo entregado a la lectura y al desarrollo de su intelecto. Trataba, con moderada pasión, de transmitir abiertamente sus reflexiones siempre a través de argumentos simples, tan sencillos que eran entendidos y respetados por todas aquellas personas que participan de las tertulias.

Había nacido en una de las familias más pobres del pueblo. Tan profunda era su necesidad y escasez que ni siquiera la pobreza quería entrar en su hogar, enfurruñada se negaba  a poner más peso en su mochila. Su padre había emigrado a principios de siglo a américa junto con otras gentes del pueblo. Allí conoció la miseria y el éxito, del cual fue inmediatamente cautivo olvidándose al instante de su familia en España. A su madre, Antonia, le tocó entonces lidiar con seis miuras, Ramón y sus cuatro hermanos a cual más bravo. El sexto fue la vida, el más peligroso y difícil. Siempre haciendo quiebros, siempre buscando con sus pitones afilados atravesar su ser y desgarrar su piel de sufrimiento. A esta complicada faena se le unieron la deshonra de verse abandona, un pueblo acostumbrado a que el hombre fuera el encargado de proveer el sustento de la prole y una familia política que corría en sentido contrario al verla, avergonzada de lo que había ocurrido, cobarde frente a la verdad. Y la muerte, dos de sus hijos habían muerto adolescentes, en contra de la ley de la vida que dice que deben ser nuestros padres quienes nos antecedan en ese momento.

Ramón heredó la militancia y el oficio de su padre, su pelo ensortijado, tan enmarañado como las aguas de un río en libertad. Unos ojos pequeños, pero llenos de lucidez, y quizás cierta frustración por no haber podido llegar más lejos en la vida. La desdicha le había convertido en hombre. Su vida una lucha infatigable.

DSC00043El pueblo estaba en fiestas, y por tal motivo se habían instalado en la plaza distintas atracciones. Por primera vez un tiovivo formaba parte del paisaje de la feria hecho de pinceladas de brillantes colores. Niños y mayores no dejaban de admirar sus animales acabados en madera. Caballos, cerdos, conejos y ciervos todos ellos con ojos expresivos y cuerpos en movimientos se desplazaban de arriba abajo al ritmo del compás de la música. Todos disfrutaban cada paseo, reían a carcajadas, y en la mayoría de los casos los padres se veían obligados a arrancar a sus hijos de las barras y tiradores para dejar paso a otros.

A media tarde, con el sol entregando el testigo a la luna, una nube de polvo anunció la llegada de una camioneta llena de jóvenes exaltados, que portando banderas nacionales y vivas a sus héroes, hicieron su aparición.

Un instante después, se escuchó el silencio entre los habitantes del pueblo. La presencia de estos desconocidos, su evidente estado de embriaguez y sus más que probables ganas de buscar pelea no era lo que la gente esperaba tener para esa jornada de fiesta.

Inmediatamente se separaron, y en una perfecta maniobra se desperdigaron por la feria, su actitud denotaba que iban en busca de alguien. Hasta que lo encontraron, y le hicieron frente ya todos juntos. Se trataba de Ramón.

Uno de los que formaban la cuadrilla, con seguridad se trataba del cabecilla, se dirigió al él:

–          ¿Tú eres Ramón, no, al que conocen como el media fanega?. Vamos, te invitamos a un trago.

–          Sólo bebo cuando tengo sed, y ahora no la tengo.- le contestó-

–          Vamos, no nos desprecies con tanto orgullo. Aquí somos todos hombres, ¿o acaso tienes miedo?.

La mirada de Ramón comenzaba a endurecerse, su gesto se contraía.

Entre dos le asieron de los brazos, les llamó cobardes. Mientras le apuntaban con un revólver. Los ojos de Ramón permanecían tranquilos, sus músculos descansaban sobre sus huesos.

–          Dejadle en paz – gritó Don Claudio-.

Se abalanzó sobre la mano que firmemente asía la pistola. Forcejaron. El tiempo se detuvo, las voces se silenciaron. El peso le ayudaba en la pelea, como si se tratara de un perro de caza mordía a su presa, no soltaba la mano del malnacido. Una detonación, breve, certera, los movimientos de ambos contrincantes que antes parpadeaban como las sombras de una hoguera se ralentizaron en el tictac del reloj. Se toca el cuerpo, se busca, se mira las manos, nada. Qué ha ocurrido se pregunta. Mira al voluntario, en su cara una grotesca mueca, parecida a una sonrisa pero tan llena de maldad que aterroriza. En sus ojos el brillo del infierno y lucifer tendiéndole la mano. Y mira hacia donde él mira, y busca, cada vez más desesperado, el motivo. Lo descubre inmediatamente y grita. La vida de Ramón sobre un fondo de luces comienza a escapar de su cuerpo. La bala de plata le ha atravesado el corazón, tan certera como la inquebrantable fe del cura que en ese preciso momento comienza a tambalearse, al mismo tiempo que el cuerpo de Ramón se desmorona libre de sus amarras. Fe y vida cogidas de la mano como en una romántica tragedia se derrumban. Y la torre de la plaza lo ve todo, y sus campanas tocan notas de desconsuelo.

Don Claudio se lleva las manos a la cara, se tapa las lágrimas. Él que le trajo a la vida cristiana, que lo vio crecer, lo acababa de matar. ¡Qué ironía más cruel!. El ciclo de la vida y la muerte se había completado con aquella última escena.

220px-Carrusel,_tio_vivo_Albacete

Y el carrusel es testigo, su música ha acompañado toda la escena. Fotograma a fotograma, nota a nota, ha puesto las imágenes y la banda sonora a esta muerte. Ahora más que nunca sus figuras parecen retorcidas en exceso, mirando hacia el cielo, pidiendo saber el porqué de todo esto, ignorantes de lo que aún queda por llegar.

El viento solano, otra vez el viento del diablo. Los cuatro jinetes cabalgan de nuevo.

Y ningún niño quiso volver a montar en aquel tiovivo.

Relato de Gustavo Carlos Florenciano Fernández para la propuesta literaria del mes de noviembre.

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