El Alba se marchitó

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La noche se rompe y derrama descanso sobre el pueblo. Poco a poco lo oscurece todo, y conquista cada espacio. Tizna de negro las casas vistiéndolas de luto. Las puertas se cierran para protegerse de las tinieblas. Goznes que suenan como lejanos llantos de plañideras. El invierno, perro fiel,  se queda sentado en la entrada de cada una de ellas al resguardo de sí mismo, esperando paciente que los moradores se duerman. Será entonces cuando hiele los sueños de todos ellos quienes inmediatamente despertarán inquietos. Ateridos de frío arrastrarán hacia sus cabezas las mantas que les cubren el cuerpo. Sólo las luces que escapan a través de los quicios de algunas ventanas arrojan una tenue claridad sobre las calles desiertas. Son frágiles rayos que se extinguen en el suelo. La oscuridad se siente vencedora. Una débil victoria. A la mañana siguiente volverá a ser derrotada. Y así en un ciclo eterno que sobrevivirá al hombre.

DSCF3878Es Navidad. En los hogares suenan en armonía canciones de paz. Algunos instrumentos de cuerda y otros improvisados con trastos acompañan a las voces. Unos aplausos celebran el estallido de un cohete. Se escuchan sobre ellos los llantos de un niño recién nacido. Agonizantes deseos de felicidad y prosperidad llenan las bocas. Olvidados antes de ser pronunciados, todos ellos morirán cuando lo haga la noche. Las campanas de la iglesia anuncian  que el niño Jesús se hace presente. – Viva Dios piadoso, todo poderoso. Aleluya, Amén – susurran las paredes del templo.

Tras una cristalera un anciano mira su reloj. Vuelve la vista sobre el de la torre de la plaza y asiente. Desde fuera su imagen parece un puzle desmenuzado cuyas piezas no terminan de encajar. Perdidos los segundos de su tiempo en el olvido de su memoria, cree llegada su hora. La vil muerte monta a galope el viento que corre por entre las calles. La espera tranquilo, con los huesos quebrados por el dolor, la carne preparada para los gusanos. Su alma en calma. Está sólo, no espera a nadie. Su hija hace tiempo que le abandonó. Observa la nieve que durante el día ha cubierto todo de un blanco inmaculado. Las pisadas de los hombres han dejado huellas profundas, corrompiendo su pureza. Sigue nevando, pero la suciedad del ser humano no se cubre, permanece para vergüenza de todos ellos. Frente a él cree ver algo, una fugaz silueta. No sabe nada de esa figura. No le preocupa hacia dónde va o de donde viene. Lo ignora todo sobre ella y así debe de ser se dice, no quiere tener contacto con ningún hombre, ya no.

La sombra atraviesa ágilmente un callejón rompiendo en mil pedazos la luz de una farola. Una persona anónima que zigzaguea por entre los callejones. Tose. El paso rápido muestra el deseo por llegar a casa. Vuelve a toser. Tiene miedo de la oscuridad. Le aterra. El pueblo se ríe de ella, y sólo sabe taparse los oídos para defenderse. La niña de la carbonería. Nada más oscuro que el lugar donde trabaja. Acumula carbón para venderlo. Hace las cuentas con las manos. Hora tras hora entregada a tan cruel trabajo. Su cuerpo todos los días se tiñe de bruno. Ella, pequeña y frágil, intenta arrancarse de la piel tan ignominioso tinte. Sólo sangra grana y mugre. Nacida sin nombre, sin edad. El mismo día que lloró por primera vez fue olvidada. Dios no quiso darle una fecha, el agua bendita no limpió sus pecados y purificó su alma. El ser humano la negó. Su madre escapó de la infamia.

La inocencia de la muchacha corre para no ser vista. Es una flor que aún no ha conocido su primer día y ya se siente marchita. Sus sentimientos, como pétalos, caen desde su ser en una rítmica aflicción hacia el suelo. Desea tener nombre algún día. Rosa o quizás Margarita. Duda, tose. El que más le gusta es Azucena. Cena… su estómago se oprime, tiene hambre. Tose. Ama la primavera. Adora estar en el parque, a las afueras del pueblo. Escondida. Donde crecen las más bellas flores. Donde la primavera se pinta sobre un refulgente lienzo con los colores de la felicidad, el amor, la pasión. Es en primavera, es en su parque, entre sus flores, donde tiene al fin un nombre.

Frente a ella, al final de la calle, una luz comienza a brillar. Una voz habla. Calma sus miedos, adormece sus sentidos. Se siente reconfortada y confiada se acerca, quizás curiosa. – ¿Eres tú la niña de la carbonería? –, oye que le preguntan. Retrocede, nuevamente el miedo entra en su cuerpo y abre todas sus puertas. La corriente que siente en su interior le aterroriza. – No temas, le dice, acércate – se escucha de nuevo una voz de arrullo. Mide sus pasos, son cortos, como los de los ratones que duermen cada noche con ella. Empieza a sentir el calor en el cuerpo, que es como un fuego de hoguera, intenso y penetrante. Las brasas encienden de rojo sus mejillas. Sus ojos ahora son dos velas que brillan con alegría. – Ven a mí y canta conmigo, conozco miles de canciones que hablan de ti. Sé que eres una flor. Mi adorada flor –. Ella sonríe. Reconoce el rostro. Se la oye susurrar. – Mamá –.

Amanece. El viejo insomne lamenta que la visita que esperaba no haya entrado en su casa para quedarse. Un nuevo día llega, se dice, para castigar su fatigado cuerpo. Se dirige a la ventana. Los primeros rayos de sol entran a través de ella para despertar motas de polvo que plácidamente en su vuelo se calientan. Dispuesto a iniciar su rutina, mira con cautela entre las cortinas temeroso de ser observado desde fuera. Inmediatamente se sorprende. No duda. Baja a la calle. Espera que cuando abra la puerta, lo que ha visto desde arriba no haya sido la ilusión de una Nieve Siones diciembre 2009 027mente enferma. Un último deseo concedido por el destino, siempre tan cruelmente burlón. Ante él, sobre la nieve, se extiende un camino de flores. Cierra con fuerza los ojos. Los estruja en un gesto cómico para después abrirlos lentamente. Sí, se dice, está sucediendo. Cree haber muerto. Al fin por fin el fin. Se toca, se pellizca, el dolor es tan real que todo parece irreal. Tiene frío, sufre. Se entristece, no puede haber muerto. Vuelve a mirar lo que hay frente a él. Reconoce algunas de ellas, margaritas, petunias, claveles, jazmines, tulipanes, crisantemos, pero la mayoría le son totalmente desconocidas. No obstante le maravilla la alfombra de colores que nace a sus pies. Siente hipnotizados sus sentidos. Rígido como una estatua, extrañamente fortalecido, permanece un instante, quizás una eternidad. ¿Existe una medida para el tiempo?, se pregunta. Comienza a andar. Sus pisadas no quiebran los tallos, no aplastan los pétalos, no hunden las raíces. Sencillamente se evaporan por un momento, y al volver la vista atrás se encuentra sumergido entre todas ellas que le empujan con suavidad para que siga su camino. Al final del mismo las flores más bellas, y una luz deslumbrante. Para llegar a ella hay que quitar la nieve que la cubre. Dobla sus rodillas. Pesadamente echa su cuerpo sobre el suelo y lo contrae en un gesto de infinito dolor. Respira profundo, se serena, frena los latidos de su corazón. – Dame un poco más de tiempo, tan sólo un poco más de tiempo –  suplica. Trabaja con las manos, firmes y fuertes, del labrador que ha sido durante toda su vida. No las nota frías mientras trabaja, siente a través de ellas una calidez que le reconforta el espíritu. Reparte a los lados la nieve. Son esas manos curtidas las que descubren unos labios rojos, como rosas, una dulce nariz, delicada como una orquídea, unos ojos intensos como violetas, abiertos hacia al cielo, tan llenos de vida que el anciano no puede contener su llanto. Su desconsuelo da la mano a la realidad de la que poco a poco es cada vez más consciente. No era una luz lo que brillaba, si no la más bella criatura que ha visto en su vida. La nieve ha lavado la suciedad de su rostro. La pureza de su alma se ha entregado al recuerdo del día que nació. Sus pulmones se llenaron del polvo tóxico de la carbonería que ajó su savia. La muerte no le andaba buscando a él, ni siquiera le rondaba. La había encontrado a ella, y le concedió un último deseo. Conocer a su madre, escuchar la voz de ella decir su nombre, Alba.

2013-09-08 20.03.03El viejo miró al cielo aborreciéndolo. Maldijo cien veces. Odió al Dios que se escondía entre las nubes. Cien truenos fueron la respuesta a sus maldiciones. No tembló siquiera. Ningún hombre, ningún dios temía. Las facciones de esa niña eran el rostro de su hija. La sombra del anciano se proyectó sobre la tumba. Fue lo último que el sol pudo ver antes de que ambos desaparecieran.

Tuvo que morir para que alguien la llorara. Tuvo que morir para que otro niño naciera. Tuvo que morir para que volviera la primavera. Tuvo que morir para saber su nombre. Tuvieron que morir para encontrarse. Tuvieron que morir para conocerse, para amarse.

Relato de Gustavo Carlos Florenciano Fernández para la propuesta literaria del mes de diciembre.

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