EL NIÑO QUE NO SABÍA JUGAR

Escrito por Gregorio Sánchez Alarcón

(Relato que responde a la propuesta de Diciembre 2013)

En Kelite, un lejano lugar de Oriente, un niño llamado KekO no tenía amaigos. Su madre tenía que ir a trabajar durante todo el día y él  se quedaba solo en casa ya que tampoco iba a la escuela. Se pasaba todo el tiempo mirando las paredes blancas de su habitación. Apenas hablaba cuando su madre venía. Era un niño desconfiado. Tenía una extraña mirada, sus ojos quedaban fijos en algo que le llamara la atención y se quedaba así durante mucho tiempo.

Una Navidad, cuando tenía diez años, su mamá tuvo que ausentarse porque la llamaron para cuidar a un anciano que se había puesto enfermo y necesitaba su asistencia. Keko se sentó en la puerta de su casa, cosa que era la primera vez que lo hacía. Cuando llevaba más de una hora, y estaba a punto de entrar, un grupo de cinco niños de su edad pasaron por su calle y cuando llegaron a la altura de su casa y lo vieron le dijeron que se fuera con ellos a jugar. Keko les dijo que no sabía y que tenía que esperar a su madre que estaba a punto de llegar y que él nunca hacía nada sin su permiso.

Durante los días siguientes los mismos chicos pasaron por allí y le volvieron a decir que se fuera con ellos. Al séptimo día Keko no estuvo en la puerta de su casa. Los demás niños se extrañaron de no verlo y llamaron a la casa. Preguntaron por él a la madre. Ella les dijo que su hijo tenía una extraña enfermedad que el médico no sabía.  Los chicos le dijeron a la madre que lo que tenía era “que no sabía jugar”. Le pidieron permiso para entrar en la habitación. Uno de los chicos se disfrazó de payaso y le cantó una hermosa canción que Keko no había oído nunca. El rostro del niño se iluminó y le pidió a su madre que si podía irse con ellos. La madre no consideró que su hijo debía levantarse y pidió a los niños que se fueran y que lo dejaran descansar. Keko cada día estaba peor sin que el médico pudiese hacer nada por él.

Al cabo de una semana los otros niños volvieron a la casa y preguntaron por su salud.  La cara de la madre se pobló de lágrimas y no les pudo  contestar. Uno de los niños le dijo que la única enfermedad de su hijo tenía  era que no sabía jugar. Ellos estaban dispuestos a ayudarlo. La madre secó su cara y encogió los hombros. Pasaron a su habitación y empezaron a jugar con él sin que la madre les interrumpiese. Al cabo de una hora Keko estaba completamente restablecido y el brillo de sus ojos se recobró.

 Desde ese momento no dejó de jugar con ellos y empezó a ir a la escuela con ellos. Keko se convirtió en un experto jugador y en poco tiempo leía con suma facilidad leyéndole a su madre cuentos preciosos, que a veces él mismo se inventaba, haciendo las delicias de su mamá.

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