EL TERROR NUESTRO DE CADA DÍA

Escrito por Sara Caballero

Daniela y Paulino eran unos recién casados, se habían conocido en la universidad donde lo dos habían sacado adelante sus respectivas carreras con grandes éxitos académicos y, nada más haberse licenciado, habían tenido la suerte de dar con unos puestos de trabajo que llenaban sus ambiciones, su afán de superarse día a día, así como sus cuentas bancarias. No se puede decir que llevaran una vida de lujo y de derroches absurdos, pero sí que estaban en una posición que les permitía tener y hacer todo lo que desearan totalmente libres de preocupaciones económicas.

Cuando el personal de la inmobiliaria les enseñó aquel piso tan luminoso, tan grande y tan bien situado en la ciudad, no lo dudaron un segundo y se comprometieron al instante con los pagos y el papeleo que la compra de una vivienda requería. Y no contentos con eso, antes de instalarse de lleno en su casa a estrenar, se permitieron el capricho de hacer todos los cambios decorativos que se les pasaron por la cabeza.

Los dos tenían por afición la música, así que entre las variaciones que introdujeron en su casa, estuvo incluida la instalación de un hilo musical que les permitiera escuchar música en todos los cuartos al volumen que desearan sin molestar a los vecinos, pues también tuvieron en cuenta la insonorización de las paredes de su hogar.

Y tras meses de mucho trajín de enseres y de obreros por toda la casa, por fin llegó el día de la inauguración oficial a la que habían invitado a sus familiares y amigos más cercanos. Eran bastante habilidosos con la cocina, así que habían preparado unos platos que a todos agradaron y como acompañamiento al postre, iban a hacer la primera audición de su maravilloso hilo musical ante sus comensales, pero cuando Paulino pulsó el botón, de los altavoces no salió ni una sola nota musical…

Paula era una niña de nueve años, tenía un hermano tan solo un año menor que ella que se llamaba Daniel. Vivían en una casa que resultaba muy, muy grande para ellos que aún eran pequeños. Allí pasaban sus vidas en compañía de sus padres y, salvo contadas ocasiones en que todos con todos discutían por tonterías, se podría decir que en general se llevaban muy bien y que se querían mucho.

Pero es que aquella casa era tan, tan, tan grande…

La casa la habían comprado sus padres antes de que Paula y Daniel nacieran, era una vivienda de segunda mano pero que sus anteriores dueños casi no habían disfrutado pues, al poco de haber empezado a vivir allí, se habían tenido que marchar al extranjero a todo correr, dejándose en aquella propiedad que malvendieron algunas huellas de su paso por ella.

Una de aquellas huellas era una instalación de altavoces por cada estancia de la casa. Altavoces que a pesar de que nadie sabía por qué no funcionaban, tampoco se habían preocupado en desinstalar. Nadie lo sabía a ciencia cierta, pero si los anteriores dueños se habían empeñado en aquel capricho de poder oír música por todo el piso, sería porque eran unos melómanos redomados. Al menos eso era lo que Paula y Daniel siempre les habían oído contar a sus padres.

Pero es que aquella casa era tan, tan, tan grande….

Paula siempre que pasaba por delante de la alacena lo hacía a todo correr y, cuando su padre o su madre le preguntaban extrañados por qué hacía una cosa tan rara, ella daba la callada por respuesta.

Muchas noches sentados los cuatro a la mesa, el padre o la madre se daban cuenta de que se habían olvidado de poner el pan, y entonces mandaban a uno de los niños a por él. Y aquella noche le tocó el turno a Daniel:

-Daniel-dijo su padre-vete a la alacena a por el pan, por favor

-…

-¿Daniel? ¿No me oyes?

Todas las miradas se clavaron en la cara del pobre Daniel que aterrado, tembloroso echó la silla hacia atrás y se levantó. A pasos lentos, torpes llegó hasta la puerta de la cocina, la abrió, ahogó un grito y salió corriendo.

Corrió y corrió y las miradas de su familia que desde la mesa del comedor se habían clavado en su cara ahora parecía que se despegaban y se posaban en las paredes del pasillo. Algunas alcanzaban hasta los altavoces y parecían los ojos de los anteriores propietarios emitiendo ruidos terroríficos.

Daniel estaba rodeado de miradas que le gritaban cosas ininteligibles, pero él seguía corriendo en la oscuridad del pasillo.

Casi ya sin fuerzas y bañado en sudor el niño llegó hasta la alacena, abrió la puertecita, cogió el pan y con las últimas energías que le quedaban llegó hasta la cocina y lo puso sobre la mesa ante la mirada sorprendida de toda su familia.

Ante aquellos hechos tan raros Paula por primera vez supo que tanto su hermano como ella eran exactamente iguales, así que se le acercó y le susurró al oído:

-Daniel, tú tienes tanto miedo como yo de la oscuridad de los pasillos de esta casa tan grande…

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